Puntaje Nacional

Alumna puntaje nacional PSU: “Esta Escuela de Derecho era la que cumplía más con mis convicciones”

Soledad Fernández Bernal es la alumna con mejor puntaje en la PSU que se matriculó en nuestra Escuela de Derecho en 2013. Es ex alumna del Seminario San Rafael de Valparaíso y con 18 años, se declara fanática de la lectura. Siempre aplicada, su promedio de notas de enseñanza media fue de 6,6, mientras que en la PSU de Historia y Ciencias Sociales logró 850 puntos. En la PSU de Lenguaje, obtuvo 747 y en la de Matemáticas 620. Ponderó 753 puntos.

Soledad vive en Valparaíso sola con su madre. Es “el concho”, ya que la tuvo cuando tenía 47 años de edad. Su padre falleció y tiene dos hermanas mayores, de 44 y 35 años, quienes viven en otras ciudades. Entre sus aficiones está el cine arte, en especial en blanco y negro, mudo. Además, le encanta leer, “desde artículos de física cuántica hasta las clásicas novelas latinoamericanas. Me gustan las librerías antiguas, con olor a polvo y el típico gato en la ventana”, nos cuenta.  Además, le gusta tomar mate “casi a diario” y en cuanto a deportes, le agrada andar en bicicleta o en patines, “si es que los tuviera”, nos confidencia. Lo que sí, detesta el mall y los realitys.

-¿Cómo te preparaste para la PSU? ¿Pensabas que alcanzarías puntaje nacional en Historia?

“Considerando que la PSU es una prueba que mide esencialmente conocimientos mediante un sistema de selección de alternativas, creí que sacar buen puntaje iba a consistir en un correcto entrenamiento en el que pudiera acoplar el contenido con la mecanización al contestar. Tuve una gran lucha interna al momento de empezar a hacer ensayos, en cosas como el no poder explayarme en una pregunta que no permitía un buen análisis o el no poder refutar a una pregunta que yo creía que no era tan cierta. En general, es necesario robotizarse un poco. Es así como me propuse, mitad en broma y mitad verdad, ser puntaje nacional a comienzos de cuarto medio, cuando vi que mi sistema de enfrentarme a la prueba, rendía. Me focalicé totalmente en historia, tampoco es que estudiara todo el día, pero al menos me preocupaba de ir a las clases y hacer ensayos regularmente. Además, siempre me gustó la historia, por lo que leer sobre las huelgas obreras o acerca de las incursiones vikingas me entretuvo gran cantidad de noches y madrugadas”.

-¿Siempre pensaste en estudiar Derecho? ¿Por qué?

Es difícil elegir en 3 días de postulaciones qué se quiere ser para el resto de la vida. Es una lógica muy mercantilista el elegir en qué parte del sistema de producción a uno le gustaría ingresar. Lo que sí sabía, es que quería llevar una vida académica, optar por una carrera en la que pudieran insertarse distintas disciplinas como la historia, la filosofía o la sociología. También quería algo que me permitiera estar en contacto con la gente, abrirme campo en el escenario público y estar siempre dentro de la contingencia.

Hay muchas cosas que en Chile y en el mundo no se están haciendo bien. Hay vacíos legales en diversos ámbitos e incluso hay veces en que es la misma institucionalidad la que no favorece el desarrollo integral de todos los sectores sociales. Es por eso que entré a Derecho, buscando buenas discusiones que conlleven a reflexiones que antecedan siempre a la acción; y así tener las herramientas suficientes que generen cambios estructurales, que cimienten nuevos paradigmas y finalmente poder construir en conjunto, nuevas conciencias”.

-¿Por qué optaste por la Escuela de Derecho de la UV?

“Entre todas las universidades de la región, era la que más cumplía con mis convicciones propias, es decir, las de una educación pública, laica y pluralista. Por ende, se entiende que descarté absolutamente todas las universidades privadas. Algunas por ser la cuna del lucro y de la usura, otras por formar élites intelectuales que no salen de sus núcleos sociales, y otras simplemente porque no cumplen con los estándares académicos mínimos que requiere una institución que dice llamarse universidad. No busco solamente aprender y que me den una lista de libros a fotocopiar, sino que busco contar también con espacios dentro de la Escuela como fuera de ella, en los cuales aflore una retroalimentada discusión y se pueda ser capaz de construir conclusiones a partir de las opiniones que cada uno debería tener”.

-¿Qué sabes de esta Escuela y de sus profesores?

“Conozco esta Escuela desde hartas perspectivas. Primero, mi hermana se tituló acá hace algunos años, así que más de alguna vez fue tema de conversación en la mesa o en la micro. Por otra parte, durante estas semanas tuve la oportunidad de conversar con el decano, el director y algunos otros profesores más, los que me recibieron muy bien. En otras instancias ya he estado en la Escuela, por conferencias, concursos o tan sólo por sentarme un rato en la cafetería. Me gusta el ambiente que tiene la Escuela y que la pluralidad realmente sea un pedestal sagrado, pues conozco a algunas personas de aquí y sus pensamientos políticos están esparcidos en todas las gamas posibles. En cuanto al currículum de los profesores, nada que reprochar. Los he visto en revistas jurídicas, en charlas, artículos publicados. La excelencia académica del cuerpo docente es muy reconocida en el plano regional, e incluso, nacional”.

-¿Qué expectativas personales tienes para el año 2013?

“Lo más convencional y predecible que diga es que “me vaya bien en la carrera y pase todos los ramos”. Pero no es eso necesariamente lo que quisiera decir, más que eso, espero encontrar mi vocación. Hace años que he estado en una búsqueda constante no sólo de mi propia identidad sino que también por encontrar ese sentido de pertenencia a algún lugar. Desearía encontrarlo aquí”.


-¿Cuál es tu diagnóstico de la situación de la educación chilena?

“Los diagnósticos de los doctores generalmente son precisos y la medicina está al alcance de quien pueda pagarla. En el caso de la educación, es un tema sumamente complejo y que involucra una serie de factores que no siempre están a la vista. Los movimientos sociales de los últimos años nos han puesto al tanto de que las cosas no están funcionando bien, no sólo la educación, sino que también presentan carencias la salud, la vivienda, el trabajo, etc. Los gobiernos de turno, han puesto el énfasis en la otorgación de recursos más que en la administración de estos recursos; han creído que la educación se mejora aumentando las horas de lenguaje y matemática restándole a la filosofía o a la historia; nos han hecho creer que es más inteligente quien obtenga mejor puntaje PSU y mejor NEM; nos enseñan, a través del ranking, que la competencia es con nuestros propios compañeros y no es una superación de uno mismo, que el emprendimiento es individual pisando a los demás y no un desarrollo en conjunto. Los programas curriculares son estáticos y descontextualizados, alejados de la crítica constructiva, del análisis grupal, de la segunda interpretación, de la historia local. En cuanto a las becas y posibilidades de estudiar, a la población se le encasilla en estamentos llamados quintiles que discriminan muchas veces a grandes talentos sólo por ganar $1000 más de lo requerido. Se habla de educación de calidad, concepto asociado meramente a la productividad, emblema de nuestro sistema mercantil. Un auto puede ser de calidad, un computador, pero ¿la educación?, si fuera por esto, un niño que recibe educación de calidad es quien memoriza más fórmulas, quien recita más batallas y a la larga, quien en su vida laboral se especializa y produce más”.

-¿Qué propones para mejorarla?

“Mientras nuestro Presidente siga diciendo que la educación es un bien de consumo, el cambio nunca saldrá de los que dicen llamarse nuestros representantes y que paradójicamente tienen nula representatividad. Mientras la sociedad siga viendo a la educación como el medio de capacitación de la clase productora y no como el medio por el cual las personas crecen de forma integral para gestar mejoras en el entorno, no cambiará absolutamente nada. El cambio tiene que ser estructural, de raíz, cambiar los fondos y no las formas. La dirección del cambio ya no pasa desde arriba hacia abajo, sino que debe venir desde las mismas bases, los ciudadanos. Ciudadanos como la señora del carrito de sopaipillas que le cobran más patente que al Jumbo, el barrendero del programa PGE que le han ignorado sus derechos, el pescador artesanal encerrado en una mísera milla viendo cómo los industriales le roban su fuente de trabajo; los estudiantes endeudados en bancas privadas que estrujan el bolsillo después de 30 años de egresados.  Es necesario entender que las demandas son transversales, requieren de organización y sobre todo, de unión; que el diálogo sólo es fructífero cuando ninguna de las partes vela por sus propios intereses y sobre todo que los derechos se exigen, no se piden con un por favor”.

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