“La Escuela de Derecho me entregó una buena formación jurídica”

Haroldo Brito, abogado, juez y actual presidente de la Corte Suprema de Justicia, nació en Valparaíso y es un porteño que tiene buenos recuerdos de su ciudad pese haber estado alejado del puerto cuando desarrolló sus estudios secundarios en el colegio San Marcos de Arica. Luego volvió a Valparaíso con el objeto de emprender otro proyecto que en un principio no era estudiar Derecho, sino Arquitectura. Sin embargo, decidió ingresar a la carrera de Derecho en la sede Valparaíso de la Universidad de Chile, actual Escuela de Derecho de la Universidad de Valparaíso.

Recuerda con mucho orgullo sus primeros pasos como estudiante, declarándose conforme con todo lo aprendido y con las experiencias inolvidables vividas en la década de los sesenta. Explica que la Escuela de Derecho estaba enmarcada en un concepto de universidad nacional, y en Valparaíso uno de sus símbolos era su edificio emblemático de la Avenida Errázuriz, que aún se mantiene. Era esa concepción de universidad nacional lo que lo hace optar por la Universidad de Chile para estudiar la carrera de Derecho.

¿Cuál fue su motivación para estudiar Derecho?

“Yo percibí que tenía más afinidad con las ciencias sociales, con las ciencias humanas, y eso me permitió ir a Derecho. Las otras carreras en Valparaíso tampoco estaban desarrolladas, no había Sociología, por ejemplo, la ciencia política era una cosa muy lejana, y hasta esos años el Derecho era la carrera donde se estudiaba todas estas cosas y desde donde se derivaba a otras ciencias sociales. La economía todavía estaba en manos de abogados que más tarde se especializaban y estudiaban economía de manera formal, pero los orígenes de esas otras ramas de las ciencias sociales, hasta ese momento eran fundamentalmente consecuencia del trabajo del derecho. Por suerte eso se modifica, las restantes carreras ganan prontamente la autonomía que corresponde, el derecho se sitúa en su posición dentro de las ciencias sociales y las tendencias, creo yo más razonables y modernas, tienden a vincular el derecho con las demás ciencias. No es posible entender el derecho sino a través de las ciencias sociales y eso es fundamental; no es posible trabajar con un buen programa si no hay un buen conocimiento de la sociedad; las técnicas jurídicas y los criterios jurídicos son autónomos, pero se aplican sobre conocimiento real y concreto sobre la sociedad.

¿Y qué recuerdos tiene usted como alumno?

 Yo era un alumno común y corriente. Había otros muy buenos, tenía grandes compañeros, pero fundamentalmente en primer año y segundo me sentí muy motivado por la economía. Tuvimos en Valparaíso grandes profesores de Economía, en la época que estaba Marcos Kaplan, que había venido de Argentina el año ‘66 con la crisis de ese país y la crisis universitaria, y yo tuve la ocasión de escuchar con muchísima motivación esas clases de política económica. Y luego, con la misma fuerza mi interés se vuelca en el Derecho Penal. Había llegado al país también Manuel de Rivacoba en el año ‘66, él nos hace Filosofía en primero y Derecho Penal en tercer año y ahí, definitivamente, me quedo con esta rama y comienzo a estudiarlo como mi ramo predilecto. Él también nos enseña Filosofía y nos anticipa cosas de la filosofía del derecho. Soy su ayudante y junto a otros compañeros de curso nos encomendaba cosas y nos invitaba a trabaja. Como estudiantes corregimos su primer programa en la Universidad de Valparaíso y ese programa se desarrolla, lo toma José Luis Guzmán más tarde y hace aportes significativos. Al mismo tiempo surge mi decisión de hacerme juez y la pretensión fue precisamente ser juez del crimen y, bueno, hago el examen de grado inmediatamente y me nombran juez el año ‘75 y de ahí me desvinculo formalmente de la Universidad y comienza mi vida profesional”.

¿Qué recuerdos conserva de la Escuela de Derecho, de profesores y de sus compañeros?

“La Escuela de Derecho, comparativamente a lo que es hoy, era chiquita. Hay que pensar que el primer año entramos sólo cien alumnos y eso permitía que tuviésemos un buen conocimiento de casi todo. No obstante, por tratarse de una escuela en términos relativos más pequeña, había una tremenda actividad de parte de los estudiantes. Desde luego, había un centro de alumnos interesante que se planteaba muchísimas cosas. Había además una academia jurídica manejada por los estudiantes donde había interés por tener discusiones serias, de hacer planteamientos importantes, y eso significaba una gran actividad. Había alumnos que llamaban a discusión y hacían planteamientos novedosos: era el tiempo de Agustín Squella, de Raúl Tavolari, en fin, tuve un último año donde yo recuerdo muchos estudiantes que eran muy destacados. Así que era atractivo estar en la Escuela de Derecho”.

¿Cuál era el grado de dificultad? ¿Había algunas asignaturas complejas?

“Bueno sí, había asignaturas para las que yo no tenía mucha disposición natural, como el Derecho Privado, que para mí no era muy fundamental. Derecho Comercialtambién, pero eso son cosas propias de la inmadurez, nada más. Pero mis intereses andaban en el Derecho Público, en el Derecho Penal en particular, y aprovechar toda esa discusión que se hizo en esa época y que fue muy rica. Estaban las definiciones que se tomaron en la Universidad en ese momento debido a todo el proceso de reforma y los estudiantes se interesaban por la cosa pública seriamente y todo eso hacía que se tratara de una Universidad que se reunía y llamaba al debate para conocer cosas importantes: había quienes escribían, ya estaba Juan Camerón, el poeta, que era de un curso anterior al mío, pero convivimos mucho con Juan. Había estudiantes talentosos, así que siempre era muy atractivo”.

Y dentro de esa atracción, ¿cuál fue el principal legado que le dejó la Escuela de Derecho?

“Yo no soy muy bueno para referirme a mí, para definirme, pero yo creo que la Escuela, objetivamente, me entregó una buena formación jurídica, más que un acopio de conocimientos o de información. Yo creo que me dejó la posibilidad de desarrollar el trabajo más tarde. Yo no creo que pueda pretenderse la entrega total del conocimiento, pero sí debe pretenderse, en general, dar capacidades para continuar un trabajo de información y aprendizaje a partir de sí mismo en su propio esfuerzo. La suma del conocimiento es imposible y en ese sentido observé que casi todos los profesores entregaban las cuestiones básicas y fundamentales, lo que nos permitió a cada uno de nosotros poder seguir solos más tarde”.

Es decir, le dieron una orientación para abrirse camino e ir indagando a partir de las bases entregadas por los profesores.

“Sí, porque lo que se entrega siempre e invariablemente eran las cuestiones fundamentales, la estructura. Se dedicaba mucho tiempo a buscar la explicación del sistema normativo, cuáles eran las ideas con las que se correspondía la discusión y eso, en definitiva, es lo que permite más tarde tener el criterio para interpretar la norma, tener criterio para cohesionar el conocimiento. Las simplificaciones del sistema siempre son más permanentes, las informaciones puntuales tienden a perderse, pero los conceptos matrices de cada una de las materias siempre resultan ser más permanente. Yo creo que la Escuela tiene esa característica y me ha dado siempre buen resultado”.

¿Qué recuerdos específicos tiene de profesores y compañeros de su época?

“Bueno, por cierto muchísimos cuando le hacía referencia a Manuel de Rivacoba, un gran formador. Imposible olvidarse de Carlos León. que enseñaba Filosofía del Derecho y es fundamental su figura. La Historia Constitucional de Chile en manos Mario Alegría era una cosa tremendamente atractiva, con una explicación jurídico política importantísima, Ángel Botto, una gran persona con particular reconocimiento entre los estudiantes; Ítalo Paolinelli, que enseñaba Economía Política o Derecho Fiscal en ese tiempo, era un hombre que se vinculaba con el medio, con muchísima facilidad con los estudiantes y eso le permitió desempeñarse como decano con un reconocimiento y una dedicación muy profunda a la Universidad y a la escuela en particular, así que esos son algunos nombres. Entre los estudiantes estaba Juan Luis Trejo, que fue alcalde de Viña del Mar más tarde”.

¿Tiene algún vínculo con la Escuela de Derecho y con la Universidad de Valparaíso actualmente?

No, ningún vínculo formal, salvo mi calidad de ex alumno y a propósito del centenario, cuando se organizaron actividades, y me vinculé desde esa perspectiva. Pero siempre sigo con muchísimo interés su actividad y entro a la página para ver lo que se hace, cada cierto tiempo. ‘Copucheo’ para ver quiénes han llegado, qué docentes tienen y eso ha sido muy interesante. Hoy día el profesorado en la carrera de Derecho tiene que tener ciertas condiciones mínimas, la academia en la universidad se hace en otras condiciones y yo miro para ver quien está a cargo de cada cátedra y hay nombres que son particularmente atractivos. Y se ha avanzado en los últimos años muchísimo, creo que se ha recuperado terreno, la cantidad de docentes e investigadores que han sido contratado en los últimos años es grande y muchos de ellos son los que están con sus especialidades haciendo fuerza, lo que es muy esperanzador”.

Derecho de la UV acaba de ser acreditada por siete años, el máximo posible y que sólo había sido alcanzado por las escuelas de Derecho de la Pontificia Universidad Católica y de la Universidad Diego Portales. ¿Cómo interpreta este reconocimiento de calidad a la carrera de Derecho de la UV? 

“Lo interpreto a consecuencia de lo que yo acababa de comentar. Significa que la Facultad y la Escuela en particular pudieron desarrollarse conforme a estos criterios actuales. La enseñanza del derecho hoy día es cada vez más profesional, más dependiente de la investigación y eso no se podía hacer por las dificultades que había en algún momento, pero hoy sí es posible desarrollarlo y los resultados se comienzan a ver prontamente. La acreditación por siete años es un reconocimiento fundamental. Usted mismo decía hay una o dos carreras de Derecho en estas condiciones y es muy importante que la escuela de la Universidad de Valparaíso la haya logrado”.

Entonces, ¿podríamos decir que la Escuela de Derecho de la Universidad de Valparaíso es una de las más importante del país?

“Yo creo que sí, la Escuela en los años 40, 50 y algo alcancé a ver yo en los años 60, tuvo grandes profesores, que desarrollaron obras completas, el mismo Victorio Pescio, Ramón Meza, Mario Casarino, que desarrolla una obra de Derecho Procesal en esos años con ya algunas características del Derecho Procesal actual… Y esas no fueron realizaciones azarosas, producto de las circunstancias. Había un trabajo muy fuerte y esa labor ha podido ser retomada en los últimos años, de manera que por sobre esa tradición hay muchísimo hecho ya”.

La semana pasada apareció un informe que destacó al Poder Judicial como el más progresista de los poderes del Estado en su forma de abordar los temas de diversidad sexual. ¿Qué opina de esta consideración?

“Es estimulante una cualificación de esta clase. La verdad de las cosas es que cuando se toman las resoluciones, la judicatura profesional -como son los jueces de este país- no tienen la intención de generar mayor aceptación por los contenidos de sus sentencias. Lo que ha ocurrido en este tema, en mi opinión, es que en los últimos años hay un trabajo constante entre los jueces de distinta forma, de manera oficial o de manera personal, pero hay una preocupación por las cuestiones más apremiantes dentro del sistema de justicia. Nos hemos abocado a estudiar muchas cosas, desde luego está el tema de las desigualdades. La desvalorización de las personas es una conducta social que nos importa. El punto de partida es que hay que tener en cuenta que todas las personas están protegidas con un estatus jurídico amplio que tiene que ser respetado, que le pertenece, que tiene relación con una multiplicidad de aspectos y que tiene que ser reconocido en toda su significación y entidad. Entonces, el tema de las diversidades sexuales es un tema que ha sido valorado desde esa perspectiva, que es propio de las personas que puedan establecer el modo en que van a vivir y eso tiene que ser respetado, de manera que no es más que una actitud de haber estado atento, de comprender que nos enfrentamos a personas con un conjunto de derechos que permite su reconocimiento. El paso de la legalidad a la cuestión de constitucionalidad, a la entrada de la opción de los derechos fundamentales, tiene que generar un cambio y es lo que ha ocurrido en particular con los derechos relativos a la diversidad sexual”.

¿Cuál es su opinión como presidente de la Corte Suprema respecto a la situación carcelaria en Chile, que es considerada crítica?

“Cuando se pone a una persona en prisión por haber cometido un delito, de lo único que se le priva es el derecho de la libertad durante el tiempo que se dicte la sentencia. Eso significa que las demás condiciones que dicen relación con su condición de personalidad están intactas: entra en prisión y queda bajo la protección del Estado y este tiene que respetar todas aquellas características jurídicas y privativas hacia su persona y protegerlo al interior de la cárcel. Este es un medio particularmente riesgoso y la seguridad está a cargo del Estado que tiene que cumplir con eso. De manera que no es posible, no es aceptable que este problema carcelario de las personas privadas de libertad sea enfrentado como aquello que es propio de las personas que delinquen. El Estado no puede razonar así, no es posible, sino que debe entender que esa persona está puesta en prisión como castigo, por cierto, pero también está puesto en prisión como mecanismo de rehabilitación. De manera que todo cuanto se haga en la privación de la libertad tiene relación como castigo y también como herramienta de resocialización. En la medida que solo se haga como una reacción irracional, no se está obteniendo aquel otro objetivo importante que es la reinserción. Por eso es muy importante tener establecimientos penitenciarios seguros, con dignidad y con trabajo, con posibilidad de observación de los progresos de los penados, porque la ley establece un conjunto de instituciones penitenciarias que atenúan el castigo, pero a partir de la verificación de progreso de las personas”.

¿Existen informes que indiquen que las personas que recobran su libertad logran reinsertarse en la sociedad y llevar un estilo de vida acorde a su nueva realidad?

“Las mediciones indican que reinciden menos aquellos que han estado menos tiempo en prisión. Los mayores índices de reincidencia se vinculan a las penas más largas de privación de libertad. Por el contrario, con las instituciones actuales del proceso nuevo que dan beneficios los resultados son bastantes buenos y tranquilizadores. Pero tenemos una criminalidad fuerte en otros tramos y también hay que abocarse a ella”.

Por Miguel Chamorro M.